domingo, 21 de junio de 2009

Daddy Mío





Alucinado, así me siento con un par de tragos encima; pero a su vez aún suficientemente lúcido como para componer unas palabras a mi padre, ya que él mismo lo ha solicitado como regalo.
Y resulta bastante curioso que él en específico me pida ese tipo de cosas porque como les relataré en las próximas líneas, en verdad nunca he logrado percibir, sino por momentos, que haya habido un vínculo verdadero con él , a veces incluso he sentido que simplemente hemos estado fungiendo esos roles por el bienestar familiar , por la sangre que compartimos y por mi voraz y destructivo interés económico.



De pequeño, el recuerdo más vago que se dibuja instantáneamente, lo constituye las veces en que iba en su regazo conduciendo nuestro primer carro, uno amarrillo de una marca bastante económica. Aduras penas el carro lograba hacerse camino hasta la sierra como un remedo lorcho de Herbie. Desde entonces ha sido prácticamente su trademark cambiar de carro regularmente y llevarnos a conocer casi toda la costa y sierra de Perú. Si bien poco a poco estos paseos fueron menguando en calidad por la dejadez y la rebeldía adolescentes de mi hna y mía, recuerdo la felicidad y el paternoinsuflismo que demostraba frente a sus conocidos en cada viaje.
“Este es mi hijo Mariano…. “. El tórax lo llenaba como si fuese si última toma de aire en vida, y su cara de tortuga bonachona completaban el espectáculo. Ya desde entonces él vislumbraba un gran futuro para mí y para mi hna, quienes a diferencia de él gozamos de un entorno socioeconómico bastante holgado actualmente.



Ya al entrar al colegio, la relación con ambos, papá y mamá, se distanció fuertemente. Ya viviendo en Sta Catalina, en un departamento sencillamente amoblado, recuerdo que más tiempo gastaba pintando las paredes con crayolas y haciendo que la nana entrara en un estado catatónico, mientras que mi hermana se encargaba de tirar al suelo la ropa limpia. A partir de entonces crecí con el esquema de mis papás llegarían tarde casi siempre, y no los culpo sino más bien los admiro infinitamente porque de no ser así tal vez no contaría con tantas facilidades como en estos momentos.



Papá Mariano, además, desde siempre se mostró como un señor criollo, súper amiguero, colleraza se podría decir. Y, obviamente, era un pelotero ejemplar. Es por eso que ingenuamente habrá pensado que yo también podría optar por una actividad deportiva para que alentara mi timidez natural. Entre a la escuela de Percy Rojas y Oh! sorpresa, desde la 1era vez que vi el balón, me golpeó y me insultaron, lo repudio salvo una que otra vez en mis amados 2do y 3ero de secundaria cuando pude jugar fulbito fallida pero dignamente con ciertos compañeros, obvio con pelota de plástico tamaño pingpong de 50 céntimos. Y es que en general para su servidor la vida deportiva nunca ha representado su cénit. En cambio, en colegio prefería destaca como Mariano el estudioso o el artista, con lo que mi ego llegaba cerca al arcángel Gabriel.
Simplemente, después de cada partido al que iba y no jugaba, las familias agustinas nos reuníamos a merendar cerca, y a veces me causaba cierta envidia ver la relación que tenían algunos padres con sus críos; ese tipo de trato que con un cocacho te sientes “pata” de tu viejo querido. Papá, desde entonces comencé a sentir que no podía ser como tú.
Así los años pasaron, y con mi padre básicamente era pedir dinero, o hablar de notas, mientras que mi mamá por su peculiar retórica, se metía en mis asuntos y resultaba que me era más fácil contarle cosas incluso que sabía que la harían enojar ( algo influirá lo del complejo de Edipo y Electra en todo esto no?).Mientras más avanzaba en edad, más distante sentía a mi padre, hasta que llegó el momento gótico cuando el silencio tuvo que ser dejado de lado y hablar; ya que el contexto obviamente lo ameritaba: la infidelidad paterna. En esos minutos dentro de la 4 x 4, sentí que era realmente el amigo que tanto quería el que me develaba parte de su ser, me explicó su condición de hombre carnal, así como el arrepentimiento que sentía; pero más allá de lo repudiable de sus actos, me emocionó porque vio en su hijo no sólo a una prolongación de sí mismo como médico, sino que lo ama y la crisálida que lo rodeaba terminó de desecarse, mostrándose como un ser humano que también quería ser escuchado. Esta memoria compagina con otra de una película argentina “XXY el hermafrodita”, en la que un hijo cuestiona a su padre “¿Papa te caigo bien?” y el padre responde “Te tengo que querer, pero nunca me has caído bien”.



El punto en el que el amor paternal se vuelve una obligación siempre ha revuelto mi cabeza. Y eso me pasa contigo papá, hasta hace un par de años sentí el muro de la conformidad de nuestra relación dividiéndonos más y más. Sé que no te conozco aún del todo, pero si el ente superior nos brinda salud suficiente podemos mejorar nuestra comunicación. Podemos trascender al hecho de que detectas mis actitudes superfluas cuando quiero obtener dinero a espaldas de mi mamá, o de nuestras conversaciones que se limitan a los perros y al sabor del almuerzo. Yo sé que cada uno de nosotros , aunque distintos en ciertos aspectos, conciliamos porque nací de tu amor con mi madre y espero que nunca olvides que te quiero mucho aunque no esté ahí para repetírtelo, viejito cara de Tortuga , el amor y la admiración mutua que nos tenemos espero que los sigamos cosechando, y tú lo sabes papá porque a los Alarcón ¡nadie nos pisa el poncho!
De tu Maria “Nictus”
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