
Así parece ser a veces, como dicen los creyentes que "Dios sabe por qué hace que pasen ciertas cosas". Y es así cuando la muerte sobreviene a aquéllos que amamos.
Estoy en el entierro de mi abuela, quien padeció un derrame estando en cuidados intensivos y percibo un ambiente enrarecido. El día anterior me enteré a eso de las 5 de su deceso, y tan pronto como llegué al servicio, sentí vívidamente el karma que rodeaba a todos. Me armé de valor e hice tripas corazón con tal de que los demás no se quebraran.
Escalofríos.... como tener miles de pequeñas patas que rozaban la piel delicadamente. Tener el corpse de tu abuela y tratar de encontrar un balance entre mi condición de quasi médico y la de ser el nieto varón constituye una tarea bastante difícil. Y más aún sabiendo que somos una maquinaria que depende de un corazón y un cerebro que comanden nuestro funcionamiento, y que a pesar de que la ciencia avanza y se mete en líos éticos , estamos condenados a la determinante mortalidad y a que nuestros tejidos post mortem se hinchen y encharquen regocijados en nuestras propios miasmas. Esa es la condena humana que le llega al rico, al pobre; al Montes de Oca Echarvet y al Quispe al cuadrado. Rosa Galván era ahora la que pagaba su no buscada mortalidad mientras su familia la lloraba en el Parque del Recuerdo, bajo santa ceremonia cristiana.
Mi yo-nieto veía a un ser humano que si hubiera estado hecha de azúcar me hubiera hecho engordar de una manera terrible. Sin embargo, no puedo abogar por un ser falible, que como otros occisos, son ensalzados de virtudes y demás palabrerías perfeccionistas. Como dije frente a todos , mientras se lanzaban rosas al féretro en su camino a 2 metros bajo tierra :"La admiro porque supo lograr el balance entre sus errores y sus buenas acciones. Fue de las pocas personas que con un gesto de amor, lograba borrar aquéllo en que había fallado". Mis tíos y mi madre estaban liderando a la familia Parra Galván, todos compungidos, despersonalizados como creyendo que aún vivían en esa casa de Córpac que los vio crecer. Pero , el curso del tiempo es irremediable y uno permanece en una constante lucha contra él, con tal de hacer nuestra existencia lo más trascendental posible: Es la vanidad que nos fuerza a creer que hay algo superior de lo que somos parte.
Al marcharnos del campo santo, rumbo a casa, noté el tono comprensiblemente infantilista de mis familiares en un intento por recordar mi abuela a través de sus hábitos y virtudes :"Mamá Rosa se moría por el arroz con pollo y por el charro Vicente Fernández..." "Recuerdas cuando se puso mal por primera vez en tu casa, Marianito... cuando se sirvió mucha sal?" .. y cosas por el estilo. No me salían lágrimas, sólo meditaba en lo cruel que ha sido Dios al subyugarnos a nuestros sentidos : a la necesidad de ver, tocar y oír a nuestro entorno para dotarlos de animidad. Al mismo tiempo, paradójicamente, le agradecía por haber podido oler los cabellos de mi abuela, y sentir un beso de consuelo.
Ya en casa, mis tíos se pusieron a hacer una exhaustiva revisión de las fotos de mi abuela y encontaron una en blanco y negro que me conmovió en particular. Ella , guapachosa, de cabellos negros, nariz recta y firme, labios carnosos y con una silueta delimitada por un apretado enterizo cuyo color adivino azul oscuro; se lucía cual sirena de los Andes en medio de una playa desconocida. Esa mujer que tuvo en su poder casarse con cualquier otro hombre y haber elegido uno de las tantas rutas que la vida nos ofrece, se decidió casar con Néstor Parra García. De esa prole nació mi mamá, quien me engendró. Y sin embargo, no supo que su vida acabaría así. Mucho puede decir la genética sobre los riegos que tenemos, pero no nos da la certeza divina de cúal será nuestro destino final... tal vez... sólo Dios sabe. Y siendo así, mi abuelita ya descansa en paz.
1 comentario:
Siento lo de tu yaya mariano. Sogue escribiendo porque tienes un talento que realmente envidio y se esta desarrollando a traves de este blog. Un abrazo muy fuerte primaco
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