Acabo de regresar de un viaje familiar que puedo describir como maravilloso, naturalicioso, y nada derrochador. Presencié y me pasmé ante la grandiosidad de las cataratas de Iguazú. El vértigo que saciaba mi cabeza al recorrer las humanamente frágiles escaleras que conducían a la Garganta del Diablo, la catarata que se acercaba más a la representación mortal de la ira de Dios, constituyó una experiencia memorable.
Luego de pasar unos días en Pto. Iguazú, nos fuimos a Buenos Aires , donde pude departir con mis amigos Nico y Maca (gracias por la cena... riquísima), y empacharme de bifes de chorizo de hasta un grosor de 600g que no me entraban ni por delante ni por detrás, así como de las calóricas pero irremediablemente tentadoras pastas.
Al regresar a Lima, luego de pasar por la nada grata entrada al aeropuerto rumbo a mi hogar, una llamada al celular de mi papá cambió el "mood" del ambiente . La buena vibra y la armonía logradas durante nuestra corta estadía en el país ex Peronense, se vieron acabadas mismo huayco que arrasa con las ciudades estos días. Mi abuela materna, mi querida Mamá Rosa había sufrido un nuevo ataque cerebral, uno que le privaba la correcta oxigenación cerebral.
Busqué primeramente la mirada de mi mamá, su hija, a quien de un momento a otro los ojos se le inyectaron de tristeza y de un profundo rojo carmesí en forma de arañas vasculares que circundaban su iris marrón. Aunque suele decir que está preparada para la muerte de sus padres, su actitud denotaba otra cosa , "mami no te desmorones..." quise decirle eso pero sólo pude acompañarla con un abrazo de consuelo.
Tan pronto como llegué a mi casa, deje las maletas y me di un buen duchazo, salimos rumbo al hospital María Auxiliadora. Luego de subir hasta el piso de cuidados intensivos y colocarme el respectivo mandil ya que andaba en shorts y sandalias, entré a ese lugar lleno de mayólicas de mal gusto turquesas - el purgatorio nosocomial -aposento de los intensivistas quienes con sus nervios de acero tratan los casos de aquéllos que estan a punto de tocarle la puerta a San Pedro.
Y ahí, entre 5 camas, a la izquierda entre una maraña de tubos y cables tri coloridos se encontraba mi abuela. La visión de esa mujer que cuando niño me hubo cargado grácilmente y limpiado mis pañales de tela cuando mis padres se sacaban la mugre por darme un hogar en Monterrico, esa tortuosa visión que te hace querer tener a Medusa frente a ti y suplicarle que te cegue, era una de esas pruebas del destino donde no tienes más que afrontar y rogarle al de arriba que se manifieste.
Impotente, sólo alcancé a bajar la cabeza y cerrar fuertemente mis puños y decirme una y mil veces que no sabía ni un carajo de Medicina, y que me sentía estúpido y miserable en el sentido más prosaico posible por haber hurtado ese dinero de mi mamá cuyo fin además del viaje era de llevar medicamentos a mis abuelos. Toqué su mano rugosa y manchada; y susurré a su oído haciendome lugar entre el respirador mecánico, el pulsooxímetro, el volutrol (una especie de jeringa gigantesca que ayuda a que pasen los medicamentos), y otro grupo de "truquinadas" médicas que no es necesario mencionar. Al lado de mi abuela, siempre siento una protección especial, como que todo puede rebotar y consigo , además, la levedad de mi ser. La veo y me vienen a la memoria las veces que he dormido con ella desde que quedó hemipléjica. Echados nieto y abuela, y ella limitada verbalmente sólo atinaba a decirme Papi ... que bonito!!, y a su vez cuando me quería ir entraba en angustia como si yo tal vez fuera un placebo para su condición. La atesoro como un lienzo perfecto, con sus cabellos canos y largos coiffeados a lo diva hollywoodense de los 40, con su nariz de lorito y su mirada llena de amor , ese amor que trasciende todas las barreras temporales y físicas.
Ese amor, que aunque nunca lo podré retribuir equitativamente, quedará inscrito en mi corazón y en el de todos los que la amamos empezando por su esposo Papá Teto hasta el miembro más nuevo, mi sobrina Luciana ..... Mamá y Papá, aún no estoy listo para que me dejen.
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